CAPITULO X
RETORNO A TOVAR Y SANTA BARBARA
Mis primeras vacaciones. Mi retorno a Santa Bárbara. La noble
yegua colombiana. La mesada de mama. El alambique de Tito. El “Miche” y sus consecuencias. El Alambique
de Leonardo. Los pavos mexicanos y los
zorros. Los aviones Camberra en Santa Bárbara, Cuentos de brujas. Las brujas en
Santa Bárbara. La que quería volar como as brujas.
No traía dinero, pero si mucho cariño
Para mis seres queridos
y amigos que me vieron crecer.
Una llegada con mucho afecto, abrazos y risas.
Volver a la casa y a la tierra donde había pasado
mi infancia. Fue una gran emoción
Porque esa era la tierra a la que pertenecia.
Mis primeras
vacaciones
En las vacaciones escolares de
1951, mama me mando para Tovar, con la promesa de que en diciembre me iba a
buscar. Me llevo el dueño de la casa donde vivíamos en Los Frailes de Catia.
Viajamos de noche en una Camioneta del Transporte Copetran. El señor llevaba
una carta de mama para mi madrina Cristina Altuve, en cuya casa pase unos
cuatro o cinco días nada más. Me pusieron a hacer oficio, alimentando una
cantidad de aves y otros animales que tenían en una jaula inmensa, y a vender
conservas por las calles de Tovar. Por cierto no vendía nada porque tenían otro
vendedor y a mi no me conocían los clientes.
Cuando llegue, desde Caracas, le
dije a mi madrina que yo quería ir para Santa Bárbara para ver a mi “nonita”, a
tío Tito, demás familiares y amigos.
Pero ella me sorprendió con la infausta y amarga noticia:
“-Ay, ahijado, su “nonita” se
murió hace dos años, a los tres meses de habérselo llevado su mama para Caracas.
Ella sufrió mucho, paso cuatro meses gravemente enferma, pasaba todo el tiempo
delirando, decía que los había visto en Caracas, quería verlo y tenerlo a su
lado, pero como su mama no dejo la dirección, para que su papa o sus tíos no
fueran a quitárselo, no pudimos informarles de su gravedad”.
Inmediatamente, el llanto se
apodero de mí, la tristeza invadió mi ser y el corazón lo tenía destrozado. No
pude pronunciar palabra alguna.
Mi madrina mando un mensaje
para el Topón, para que se le dieran a mi tío Tito cuando bajase de Santa Bárbara.
Al bajar, el fin de semana, encontró tremenda noticia y acudió inmediatamente a
verme.
Mi retorno a
Santa Bárbara.
Inmediatamente me fui con mi
tío para la finca en Santa Bárbara, la tierra que me había visto crecer.
Transcurría el año 1951. Mi ilusión era
ver, aparte de mis familiares y amigos, a mis perros y a la yegua colombiana.
Pero como dije en el Capítulo VIII, los perros habían desaparecido o muerto uno
a uno. Existían otros que eran desconocidos para mí.
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La yegua se la
habían vendido al tío Merced, hombre de poca sensibilidad, la utilizaba
para cargar de a dos sacos de arena o dos de cemento por la subida, desde
el pueblo. Hacia dos viajes diarios. Razón por la cual el animal se había
enflaquecido y se notaba agotada. Tenía un potro.
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Al potro lo incorporaron al
equipo de carga de arena y cemento, siendo un potro sin tener la edad para el
trabajo. Yo fui al corral donde se encontraba la yegua, en la hacienda de tío
Merced. Pero que noble animal, al verme
me reconoció después de casi tres años sin verme. Se contento como si fuera una persona, me
acariciaba con su hocico. Yo le lleve un pedazo de pan y le sobaba el cuello y
el lomo. Llore largamente a su lado. Durante
mi estadía en Santa Bárbara, siempre iba y la acariciaba.
Estuve un tiempo en esa
hacienda y me mandaban al pueblo con la yegua a traer un mercado desde una
comercio en la esquina del topó, propiedad de su cuñado Eliseo Molina, quien lo
anotaba a cuenta de tío Merced. Unas veces llevaba cuatro gruesas* de panes (576
unidades), o un saco de pescado boca chico. Me advertían que no me montara a la
yegua porque era brava y ya había “pateado”
o “tumbado” a otras personas. Pero
conmigo no había problemas.
*Una
gruesa es una cantidad de artículos equivalente a doce docenas
(12×12=144). Es una medida que se empleaba en las ferreterías, mercería o bisuterías; por ejemplo, una gruesa de
botones.
Estos episodios lograron fomentar en mí una gran sensibilidad humana por
los animales, especialmente con los perros y los gatos, que como lo manifesté
anteriormente, siempre me han acompañado como mis mascotas preferidas.
La mesada de
mama
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Mama me había dado
Bs. 20.oo. Con ellos compre, en una librería ubicada en la calle principal,
cerca de la plaza Bolívar, una estilográfica
o pluma fuente verde, marca Esterbrook, con su frasco de tinta y un
cuaderno, en los cuales dibujaba y hacia algunas anotaciones en el
campo.
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También compre una revista Mecánica
Popular. La leí al derecho y al
revés, casi me la sabia de memoria.
Quería estudiar los cursos de Mecánica Automotriz y Diésel que
anunciaba la National Schools... También me llamaban la atención los cursos
de Electricidad, aire acondicionado y refrigeración de la Hemphill Schools,
y los de Dibujo Artístico,
Humorístico, Publicitario y Caricaturas de la Escuela Superior de Dibujo,
todos dictados por correspondencia desde los Ángeles, EE. UU., pero no tenía
recursos para inscribirme
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Tío Tito trato de inscribir en
una escuela nueva de artesanía dirigida por el Monseñor José Humberto Paparoni
Bottaro, quien no me acepto, alegando que yo provenía de un hogar desintegrado
Tremenda injusticia.
El Monseñor Paparoni nació en Santa Cruz de Mora (Estado Mérida), el 3 de
septiembre de 1920. Falleció el 1 de octubre de 1959, tras un accidente de
tránsito ocurrido el 30 de septiembre, en la entrada de la ciudad de Barcelona,
Estado Anzoátegui. En el accidente murieron también Mons. Rafael Arias Blanco y
el Pbro. Hermenegildo Carli.
El alambique de Tito
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Cuando regrese de Caracas, encontré que tío Tito
se había dedicado a en la destilación clandestina de miche “cachica mero”,
aparte de sus ocupaciones habituales como agricultor. Allí observe todo el proceso de diseño,
construcción e instalación de un alambique a base de cobre, corrientes de
agua, calentadores, tuberías, tanques y fermentaron del guarapo
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El proceso de destilación se
realizaba en unos riscos ubicados ente
la casa y las fincas de tío Agapito y Pablo Escalante, quien no era familia de
nosotros. Yo me la pasaba en la alambique con otros adolescentes. También se reunían
Macario Morales y sus hijos, Gonzalo, Melquiades y Candelario, Leonardo,
Candelario Márquez, Hilario García, entre otros. En torno del alambique a tomar “Zupia” (lo último
de la destilación). El producto final tenía entre 40 y 45 grados alcohólicos,
para medirlo tenían un termómetro. A veces, as reuniones se prolongaban casi hasta el amanecer.
Tío Merced, quien era el juez
de aldea, lo acuso ante el resguardo de la Guardia Nacional, en Tovar. Un día se presentó Amadeo Jiménez, Jefe del
Resguardo acompañado con cuatro guardias
nacionales y le dijo a tío Tito: venimos a hacer un recorrido por la zona.
En la inspección encontraron un
cuaderno que yo había comprado cuando adquirí la pluma fuente. Y como me gustaba el dibujo, tenías unos
bocetos del alambique y sus instalaciones.
De esa manera localizaron y confiscaron el alambique, y el cuaderno como
prueba. Amadeo regaño a tío Tito, pero
no lo llevo preso. Ellos eran primos hermanos.
El “Miche” y
sus consecuencias
Un noche, como a las 11 pm,
después de terminar una faena, estaban sentados en una banca, en la casa, de la
finca, tío Tito, Macario con sus hijos
Gonzalo y Melquiades. Estaban todos prendidos
y conversaban. Tío Tito le ponía quejas a
su suegro Macario por desavenencias personales entre él y su esposa
Bernardina. De repente, ella que estaba
amamantando a uno de sus hijos,
(tuvieron 17 hijos), le respondió algo, entre dientes. Su esposo salto a pegarle, pero intervinieron
los dos hermanos de Verdina y su ``padre.
Tío tito trataba de ahorcar
Melquiades, Gonzalo con su papa, montados por la espalda de tío, trataban
de separarlos. En eso se le escapo Gonzalo
y tío o correteo por el cambural, sin poderlo alcanzar.
Gonzalo se fue a ponerle la
queja a mi tío José Merced, quien era el juez de aldea. Ya todo se había calmado, y nos disponíamos a
acostarnos a dormir, serían las 2 am, cundo apareció el juez de aldea con su
comisario, José Ramírez, quien no tomo partido, porque a veces el era uno de
los clientes del alambique.
Tío Merced le grito a su
hermano:
“- ¿Que pasa aquí Tito?”, y
este le respondió:
“-Aquí no pasa nada, pero ahora
si va a pasar” y se prendió la pelea.
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Tío Merced le pegaba
por las costillas con una caña de azúcar que llevaba en las manos. Se
fueron a las manos esos hombrones, tío merced lleva la de ganar porque
estaba bueno y sano. Él no tomaba, ni fumaba. Tenía a su hermano agarrado
por los brazos abiertos y contra la pared. Yo pensaba que iban a tumbar la
casa. Unos perros ladraban, otros chillaban.
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Mientras tanto, Bernardina con
sus muchachos, su papa y yo que me había
refugiado en un monte cercano, nos fuimos corriendo para la mesa, para la casa
de los padres de Bernardina. Desde la
loma oíamos a los dos hermanos desafiándose a la distancia, Gonzalo y
Melquiades se quedaron cuidando la zona.
Nos refugiamos todos,
calladitos, con las luces apagadas, con las puertas trancadas. Los perros
anunciaban la llegada de alguien. Se presentó
el tío Tito, insultando a la familia Morales León, quería llevarse a su mujer y
los muchachos, con ese frio y a esa hora.
Como no le hacían caso, ni le contestaban, dijo que se iba a suicidar.
Efectivamente, oímos el tiro de
un “grillo” (escopeta casera) acompañado de un desgarrado alarido, cuyo eco
retumba en la montaña cercana. Pero
nosotros ni pendientes, pues los perros delataban que el estaba cerca
acechándonos en la puerta... para ver si salíamos y empezar otra pelea. Al fin se
fue.
Como a las 3 am llego a casa de
los Ramírez., tocando puertas y llorando, con una rasca de otro mundo. Tía María le pregunto:
“-¿Qué hace usted por aquí a
esta hora y en ese estado?”.
“-Es que vote al “Chiril” de
mujer y quiero quedarme aquí”.
Su hermana María Eva le preparó
un caldo con ñemas, café negro espeso y lo calmo. Amaneció durmiendo en la banca en la casa de
la corraleja.
Posteriormente, mi mama volvió
a Tovar a buscarme y me llevo de nuevo para Caracas, y tío Tito se convirtió en
reincidente y monto otro alambique. Pero en esta oportunidad no lo perdonaron,
porque no fue el mismo Jefe del Resguardo. Lo detuvieron, le levantaron el
respectivo expediente y lo mandrón para el “rastrillo” (cárcel) de Mérida,
donde estuvo preso por largo tiempo. Para pagar su defensa tuvo que rematar una
finca de su propiedad, que tenía paralelamente a la finca Santa Bárbara, cerca
de la casa,
El Alambique
de Leonardo
Leonardo Ramírez Escalante,
había aprendido con su tío Tito, la técnica para construir e instalar un
alambique en la Quebrada Negra. Se
llevaba a su hermanito Cesar Eugenio para que lo acompañara en la destilación
del Miche. Pero como le daba mucho
sueño, asustaba al niño, diciéndole que si se dormía, le iba a salir el
diablo. De manera que Leonardo se quedaba
dormido y el niño se desvelaba toda la noche.
Los pavos
mexicanos y los zorros
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Los Altuve llevaron
para su hacienda, en Santa Bárbara, una cantidad de pavos traídos desde
México. Nacho era el cuidador, pero
él se reunía con otros adolescentes de la aldea, como Leonardo, Melquiades,
Gonzalo Morales e Hilario García, entre otros, y mataban pavos para comer
con yuca o plátanos sancochados. Como esos animales eran sumamente grandes,
enterraban parte de la carne de los pavos.
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Cuando el dueño, don Manuel Altuve,
inspecciona sus propiedades y notaba que faltaban algunos pavos, le preguntaba
a Nacho sobre el particular, le contesta:
“-Esaaa... Debe ser algún zorro,
porque yo encontró por allá arriba unas plumas.
Los aviones Camberra
en Santa Bárbara
Una vez, estaban las vecinas de
la mesa lavando ropa en la quebrada de
La Chita, en la parte de arriba. Era la
Semana de la Patria, y pasaron sobre la ciudad de Tovar, rumbo a Mérida, 2
aviones Camberra que rompieron la
barrera de del sonido. El estruendo y el eco en las montañas, fue
terrorífico. Las mujeres corrían,
gritaban, lloraban y lanzaban la ropa por los barrancos. Creían que era el fin
del mundo. Yo que estaba en la Hacienda y las calmaba, diciéndoles:
-¡No se asusten, eso sucede
todos los días en Caracas...!
Cuento de
brujas
La Escuela Santa Bárbara inicio
sus actividades en el corredor de la casa vieja de Don Merced. Él estaba
construyendo la nueva sede para la
Escuela, en la parte de arriba, cerca del trapiche, donde se celebró e
matrimonio de Imelda.
Una mañana, se suscitó un
escándalo, a raíz de un triángulo afectivo, que involucraba a Don Merced con
Teresa Márquez y su esposa Claudia Molina. La maestra Teresa suspendió las
clases y mando a los alumnos para sus casas.
Teresa huyo, Don Merced estuvo
desaparecido, dormía en la nueva construcción. Yo le llevaba la comida y lo
mantenía al día con lo que pasaba en la casa.
El bajaba al pueblo y regresaba en la noche, ebrio, formando escándalos
en su casa, insultando y corriendo a los habitantes.
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Una media
noche, Cristina aterrorizada por temor a que su papa le podía causar daño a
su mama, se desapareció. Esa misma madrugada empezó la búsqueda, se corrió
la especie de que se la habían “cargado” las brujas. Los vecinos, la
llamaron a gritos y la buscaron por todas partes, inclusive en el
pueblo. A los dos días apareció. La
llevo el Caporal de la Hacienda Cucuchica. Quien la había encontrado
refugiada en la Capilla de la Hacienda de Cucuchica.
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Aquello fue un verdadero
escándalo, al extremo de que como había creencias muy difundidas sobre la
existencia de las brujas, un sacerdote del pueblo fue a practicar un exorcismo
en la casa de los referidos sucesos.
Muchos años después, hable con
la víctima, Cristina Márquez, y con otras personas que no creían en brujas,
quienes me indicaron que cuando la niña estaba durmiendo y escucho la pelea, se
asustó de tal modo que salió corriendo por los potreros, loma abajo hasta
llegar a la Capilla de la Hacienda de Cucuchica, donde fue encontrada.
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En los campos se decían cosas
extrañas relacionadas con cuentos de brujas. Era una creencia muy
difundida. Yo escuchaba cuentos de brujas que asechaban a Pablote
Escalante, que perseguían o asustaban a otras personas. En los aserradores de Morro Negro, Antonio
Contreras hablaba sobre las creencias que tenía sobre este fenómeno
sobrenatural: Brujas y zánganos.
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Tito Escalante, cuando alguna
pava se asentaba en el techo, le lanzaba calzoncillos y les gritaba que
vinieran al día siguiente a buscar sal. Decían
que la primera persona que se presentara al día siguiente ese era la bruja.
Una vez, Agapito Escalante se
amarro una soberana rasca y se fue a botes por el Salsayal, rajuñandose la
cara, el cuello y los brazos con las malezas del rastrojo. Cuando le preguntaban que le había pasado, e decía:
“-¡O sí, me cargaron las brujas…!”
Quería volar
como una bruja
Tío Merced contaba un cuento,
según el cual, Natividad Soto quería volar como las brujas. Para lograr su cometido, se subió al tejado
de su casa, ubicada en Loma Afuera y dijo:
“-Sin Dios ni Santa María”, más
otras frases y se lanzó al vacío, convencida de que iba a volar.
La recogieron hecha tortilla,
con poli fracturas generalizadas.
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