martes, 30 de enero de 2018

Cpitulo X. Retorno a Tovar y a Santa Barbara



CAPITULO X
RETORNO A TOVAR Y SANTA BARBARA
Mis primeras vacaciones. Mi retorno a Santa Bárbara. La noble yegua colombiana. La mesada de mama. El alambique de Tito.  El “Miche” y sus consecuencias. El Alambique de Leonardo. Los pavos mexicanos  y los zorros. Los aviones Camberra en Santa Bárbara, Cuentos de brujas. Las brujas en Santa Bárbara. La que quería volar como as brujas.

No traía dinero, pero si mucho cariño
 Para mis seres queridos y amigos que me vieron crecer.
Una llegada con mucho afecto, abrazos y  risas.
Volver a la casa y a la tierra donde había pasado
 mi infancia.  Fue una gran emoción
Porque esa era la tierra a la que pertenecia.

Mis primeras vacaciones
En las vacaciones escolares de 1951, mama me mando para Tovar, con la promesa de que en diciembre me iba a buscar. Me llevo el dueño de la casa donde vivíamos en Los Frailes de Catia. Viajamos de noche en una Camioneta del Transporte Copetran. El señor llevaba una carta de mama para mi madrina Cristina Altuve, en cuya casa pase unos cuatro o cinco días nada más. Me pusieron a hacer oficio, alimentando una cantidad de aves y otros animales que tenían en una jaula inmensa, y a vender conservas por las calles de Tovar. Por cierto no vendía nada porque tenían otro vendedor y a mi no me conocían los clientes.
Cuando llegue, desde Caracas, le dije a mi madrina que yo quería ir para Santa Bárbara para ver a mi “nonita”, a tío Tito, demás familiares y amigos.  Pero ella me sorprendió con la infausta y amarga noticia:
“-Ay, ahijado, su “nonita” se murió hace dos años, a los tres meses de habérselo llevado su mama para Caracas. Ella sufrió mucho, paso cuatro meses gravemente enferma, pasaba todo el tiempo delirando, decía que los había visto en Caracas, quería verlo y tenerlo a su lado, pero como su mama no dejo la dirección, para que su papa o sus tíos no fueran a quitárselo, no pudimos informarles de su gravedad”.
Inmediatamente, el llanto se apodero de mí, la tristeza invadió mi ser y el corazón lo tenía destrozado. No pude pronunciar palabra alguna.
Mi madrina mando un mensaje para el Topón, para que se le dieran a mi tío Tito cuando bajase de Santa Bárbara. Al bajar, el fin de semana, encontró tremenda noticia y acudió inmediatamente a verme.

Mi retorno a Santa Bárbara.
Inmediatamente me fui con mi tío para la finca en Santa Bárbara, la tierra que me había visto crecer. Transcurría el año 1951.  Mi ilusión era ver, aparte de mis familiares y amigos, a mis perros y a la yegua colombiana. Pero como dije en el Capítulo VIII, los perros habían desaparecido o muerto uno a uno. Existían otros que eran desconocidos para mí.

La yegua se la habían vendido al tío Merced, hombre de poca sensibilidad, la utilizaba para cargar de a dos sacos de arena o dos de cemento por la subida, desde el pueblo. Hacia dos viajes diarios. Razón por la cual el animal se había enflaquecido y se notaba agotada. Tenía un potro.
La noble yegua colombiana

 


Al potro lo incorporaron al equipo de carga de arena y cemento, siendo un potro sin tener la edad para el trabajo. Yo fui al corral donde se encontraba la yegua, en la hacienda de tío Merced.  Pero que noble animal, al verme me reconoció después de casi tres años sin verme.  Se contento como si fuera una persona, me acariciaba con su hocico. Yo le lleve un pedazo de pan y le sobaba el cuello y el lomo. Llore largamente a su lado.  Durante mi estadía en Santa Bárbara, siempre iba y la acariciaba. 
Estuve un tiempo en esa hacienda y me mandaban al pueblo con la yegua a traer un mercado desde una comercio en la esquina del topó, propiedad de su cuñado Eliseo Molina, quien lo anotaba a cuenta de tío Merced. Unas veces llevaba cuatro gruesas* de panes (576 unidades), o un saco de pescado boca chico. Me advertían que no me montara a la yegua  porque era brava y ya había “pateado” o “tumbado” a otras personas.  Pero conmigo no había problemas.
*Una gruesa es una cantidad de artículos equivalente a doce docenas (12×12=144). Es una medida que se empleaba en las ferreterías, mercería o bisuterías; por ejemplo, una gruesa de botones.
Estos episodios lograron fomentar en mí una gran sensibilidad humana por los animales, especialmente con los perros y los gatos, que como lo manifesté anteriormente, siempre me han acompañado como mis mascotas preferidas. 

La mesada de mama
Mama me había dado Bs. 20.oo. Con ellos compre, en una librería ubicada en la calle principal, cerca de la plaza Bolívar,  una estilográfica o pluma fuente verde, marca Esterbrook, con su frasco de tinta y un cuaderno, en los cuales dibujaba y hacia algunas anotaciones en el campo. 
 
      También compre una revista Mecánica Popular.  La leí al derecho y al revés, casi me la sabia de memoria.  Quería estudiar los cursos de Mecánica Automotriz y Diésel que anunciaba la National Schools... También me llamaban la atención los cursos de Electricidad, aire acondicionado y refrigeración de la Hemphill Schools, y  los de Dibujo Artístico, Humorístico, Publicitario y Caricaturas de la Escuela Superior de Dibujo, todos dictados por correspondencia desde los Ángeles, EE. UU., pero no tenía recursos para  inscribirme
 
   

Tío Tito trato de inscribir en una escuela nueva de artesanía dirigida por el Monseñor José Humberto Paparoni Bottaro, quien no me acepto, alegando que yo provenía de un hogar desintegrado Tremenda injusticia.
El Monseñor Paparoni nació en Santa Cruz de Mora (Estado Mérida), el 3 de septiembre de 1920. Falleció el 1 de octubre de 1959, tras un accidente de tránsito ocurrido el 30 de septiembre, en la entrada de la ciudad de Barcelona, Estado Anzoátegui. En el accidente murieron también Mons. Rafael Arias Blanco y el Pbro. Hermenegildo Carli.
El alambique de Tito
Cuando  regrese de Caracas, encontré que tío Tito se había dedicado a en la destilación clandestina de miche “cachica mero”, aparte de sus ocupaciones habituales como agricultor.  Allí observe todo el proceso de diseño, construcción e instalación de un alambique a base de cobre, corrientes de agua, calentadores, tuberías, tanques y fermentaron del guarapo
El proceso de destilación se realizaba  en unos riscos ubicados ente la casa y las fincas de tío Agapito y Pablo Escalante, quien no era familia de nosotros. Yo me la pasaba en la alambique con otros adolescentes. También se reunían Macario Morales y sus hijos, Gonzalo, Melquiades y Candelario, Leonardo, Candelario Márquez, Hilario García, entre otros.  En torno del alambique a tomar “Zupia” (lo último de la destilación). El producto final tenía entre 40 y 45 grados alcohólicos, para medirlo tenían un termómetro. A veces, as reuniones se prolongaban  casi hasta el amanecer. 
Tío Merced, quien era el juez de aldea, lo acuso ante el resguardo de la Guardia Nacional, en Tovar.  Un día se presentó Amadeo Jiménez, Jefe del Resguardo  acompañado con cuatro guardias nacionales y le dijo a tío Tito: venimos a hacer un recorrido por la zona.
En la inspección encontraron un cuaderno que yo había comprado cuando adquirí la pluma fuente.  Y como me gustaba el dibujo, tenías unos bocetos del alambique y sus instalaciones.  De esa manera localizaron y confiscaron el alambique, y el cuaderno como prueba.  Amadeo regaño a tío Tito, pero no lo llevo preso. Ellos eran primos hermanos.

El “Miche” y sus consecuencias
Un noche, como a las 11 pm, después de terminar una faena, estaban sentados en una banca, en la casa, de la finca,  tío Tito, Macario con sus hijos Gonzalo y Melquiades.  Estaban todos prendidos y conversaban.  Tío Tito le ponía quejas a su suegro Macario por desavenencias personales entre él y su esposa Bernardina.  De repente, ella que estaba amamantando a uno de sus hijos,  (tuvieron 17 hijos), le respondió algo, entre dientes.  Su esposo salto a pegarle, pero intervinieron los dos hermanos de Verdina y su ``padre.  Tío tito trataba de ahorcar  Melquiades, Gonzalo con su papa, montados por la espalda de tío, trataban de separarlos.  En eso se le escapo Gonzalo y tío o correteo por el cambural, sin poderlo alcanzar.
Gonzalo se fue a ponerle la queja a mi tío José Merced, quien era el juez de aldea.  Ya todo se había calmado, y nos disponíamos a acostarnos a dormir, serían las 2 am, cundo apareció el juez de aldea con su comisario, José Ramírez, quien no tomo partido, porque a veces el era uno de los clientes del alambique.
Tío Merced le grito a su hermano:
“- ¿Que pasa aquí Tito?”, y este le respondió:
“-Aquí no pasa nada, pero ahora si va a pasar” y se prendió la pelea.
Tío Merced le pegaba por las costillas con una caña de azúcar que llevaba en las manos. Se fueron a las manos esos hombrones, tío merced lleva la de ganar porque estaba bueno y sano. Él no tomaba, ni fumaba. Tenía a su hermano agarrado por los brazos abiertos y contra la pared. Yo pensaba que iban a tumbar la casa. Unos perros ladraban, otros chillaban.
 
Mientras tanto, Bernardina con sus muchachos, su papa y yo  que me había refugiado en un monte cercano, nos fuimos corriendo para la mesa, para la casa de los padres de Bernardina.  Desde la loma oíamos a los dos hermanos desafiándose a la distancia, Gonzalo y Melquiades se quedaron cuidando la zona.
Nos refugiamos todos, calladitos, con las luces apagadas, con las puertas trancadas. Los perros anunciaban la llegada de alguien.  Se presentó el tío Tito, insultando a la familia Morales León, quería llevarse a su mujer y los muchachos, con ese frio y a esa hora.  Como no le hacían caso, ni le contestaban, dijo que se iba a suicidar.
Efectivamente, oímos el tiro de un “grillo” (escopeta casera) acompañado de un desgarrado alarido, cuyo eco retumba en la montaña cercana.  Pero nosotros ni pendientes, pues los perros delataban que el estaba cerca acechándonos en la puerta... para ver si salíamos y empezar otra pelea. Al fin se fue.
Como a las 3 am llego a casa de los Ramírez., tocando puertas y llorando, con una rasca de otro mundo.  Tía María le pregunto:
“-¿Qué hace usted por aquí a esta hora y en ese estado?”.
“-Es que vote al “Chiril” de mujer y quiero quedarme aquí”.
Su hermana María Eva le preparó un caldo con ñemas, café negro espeso y lo calmo.  Amaneció durmiendo en la banca en la casa de la corraleja.
Posteriormente, mi mama volvió a Tovar a buscarme y me llevo de nuevo para Caracas, y tío Tito se convirtió en reincidente y monto otro alambique. Pero en esta oportunidad no lo perdonaron, porque no fue el mismo Jefe del Resguardo. Lo detuvieron, le levantaron el respectivo expediente y lo mandrón para el “rastrillo” (cárcel) de Mérida, donde estuvo preso por largo tiempo. Para pagar su defensa tuvo que rematar una finca de su propiedad, que tenía paralelamente a la finca Santa Bárbara, cerca de la casa,

El Alambique de Leonardo
Leonardo Ramírez Escalante, había aprendido con su tío Tito, la técnica para construir e instalar un alambique en la Quebrada Negra.  Se llevaba a su hermanito Cesar Eugenio para que lo acompañara en la destilación del Miche.  Pero como le daba mucho sueño, asustaba al niño, diciéndole que si se dormía, le iba a salir el diablo.  De manera que Leonardo se quedaba dormido y el niño se desvelaba toda la noche.

Los pavos mexicanos y los zorros
Los Altuve llevaron para su hacienda, en Santa Bárbara, una cantidad de pavos traídos desde México.  Nacho era el cuidador, pero él se reunía con otros adolescentes de la aldea, como Leonardo, Melquiades, Gonzalo Morales e Hilario García, entre otros, y mataban pavos para comer con yuca o plátanos sancochados. Como esos animales eran sumamente grandes, enterraban parte de la carne de los pavos.

Cuando el dueño, don Manuel Altuve, inspecciona sus propiedades y notaba que faltaban algunos pavos, le preguntaba a Nacho sobre el particular, le contesta:

“-Esaaa... Debe ser algún zorro, porque yo encontró por allá arriba unas plumas.

Los aviones Camberra en Santa Bárbara
Una vez, estaban las vecinas de la mesa lavando ropa en  la quebrada de La Chita, en  la parte de arriba. Era la Semana de la Patria, y pasaron sobre la ciudad de Tovar, rumbo a Mérida, 2 aviones Camberra  que rompieron la barrera de del sonido. El estruendo y el eco en las montañas, fue terrorífico.  Las mujeres corrían, gritaban, lloraban y lanzaban la ropa por los barrancos. Creían que era el fin del mundo. Yo que estaba en la Hacienda y las calmaba, diciéndoles:
-¡No se asusten, eso sucede todos los días en Caracas...!

Cuento de brujas
La Escuela Santa Bárbara inicio sus actividades en el corredor de la casa vieja de Don Merced. Él estaba construyendo la nueva sede para  la Escuela, en la parte de arriba, cerca del trapiche, donde se celebró e matrimonio de Imelda.
Una mañana, se suscitó un escándalo, a raíz de un triángulo afectivo, que involucraba a Don Merced con Teresa Márquez y su esposa Claudia Molina. La maestra Teresa suspendió las clases y mando a los alumnos para sus casas.
Teresa huyo, Don Merced estuvo desaparecido, dormía en la nueva construcción. Yo le llevaba la comida y lo mantenía al día con lo que pasaba en la casa.  El bajaba al pueblo y regresaba en la noche, ebrio, formando escándalos en su casa, insultando y corriendo a los habitantes.
Una media noche, Cristina aterrorizada por temor a que su papa le podía causar daño a su mama, se desapareció. Esa misma madrugada empezó la búsqueda, se corrió la especie de que se la habían “cargado” las brujas. Los vecinos, la llamaron a gritos y la buscaron por todas partes, inclusive en el pueblo.  A los dos días apareció. La llevo el Caporal de la Hacienda Cucuchica. Quien la había encontrado refugiada en la Capilla de la Hacienda de Cucuchica.
Aquello fue un verdadero escándalo, al extremo de que como había creencias muy difundidas sobre la existencia de las brujas, un sacerdote del pueblo fue a practicar un exorcismo en la casa de los referidos sucesos.
Muchos años después, hable con la víctima, Cristina Márquez, y con otras personas que no creían en brujas, quienes me indicaron que cuando la niña estaba durmiendo y escucho la pelea, se asustó de tal modo que salió corriendo por los potreros, loma abajo hasta llegar a la Capilla de la Hacienda de Cucuchica, donde fue encontrada. 

       En los campos se decían cosas extrañas relacionadas con cuentos de brujas. Era una creencia muy difundida. Yo escuchaba cuentos de brujas que asechaban a Pablote Escalante, que perseguían o asustaban a otras personas.  En los aserradores de Morro Negro, Antonio Contreras hablaba sobre las creencias que tenía sobre este fenómeno sobrenatural: Brujas y zánganos.
Las brujas en Santa Bárbara
Tito Escalante, cuando alguna pava se asentaba en el techo, le lanzaba calzoncillos y les gritaba que vinieran al día siguiente a buscar sal.  Decían que la primera persona que se presentara al día siguiente ese era la bruja.
Una vez, Agapito Escalante se amarro una soberana rasca y se fue a botes por el Salsayal, rajuñandose la cara, el cuello y los brazos con las malezas del rastrojo.  Cuando le preguntaban que le había pasado, e decía:
“-¡O sí, me cargaron las brujas…!”

Quería volar como una bruja
Tío Merced contaba un cuento, según el cual, Natividad Soto quería volar como las brujas.  Para lograr su cometido, se subió al tejado de su casa, ubicada en Loma Afuera y dijo:
“-Sin Dios ni Santa María”, más otras frases y se lanzó al vacío, convencida de que iba a volar. 
La recogieron hecha tortilla, con poli fracturas generalizadas.





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